Vivimos en un mundo donde muchas veces el amor depende de las circunstancias, de los sentimientos o de lo que recibimos a cambio. Nuestro amor humano suele ser limitado, cambiante y, en ocasiones, condicionado.
Muchas personas se preocupan por aparentar espiritualidad delante de otros, pero Dios no se impresiona con apariencias. Él mira el corazón, las intenciones y lo que hacemos cuando nadie nos está observando.
La oración no es solo un momento, es una disciplina que transforma. Cuando la convertimos en un hábito diario, nuestra vida comienza a cambiar desde adentro.
Dios desarrolla en nosotros pies de siervas para que podamos avanzar con seguridad, aun en medio de las dificultades. Él fortalece nuestro caminar y nos enseña a mantenernos firmes cuando el camino parece difícil.